Detrás de Studio Lenca: el artista salvadoreño ex-indocumentado que crea encuentros a través del color y la memoria

Jose Campos, conocido como Studio Lenca, es el artista salvadoreño que transformó su experiencia como migrante indocumentado en una práctica creativa sin fronteras. Desde su viral instalación para Hermès en Londres hasta proyectos con el MoMA PS1 y el Museo Reina Sofía de Madrid, su obra convierte la memoria y la identidad en encuentros colectivos. Sebastián Alanya habla con el artista sobre migración, alegría como rebeldía política y por qué se niega a que lo definan con una sola etiqueta.

Por Sebastian Alanya
Foto portada de Ellie Ahira

Jose Campos habla de migración, identidad, política y comunidad con la misma calma con la que otros describen el clima. No hay urgencia en sus respuestas ni intención de imponer una verdad. Hace pausas largas. Piensa. En un momento de la conversación, mientras intento comprender cómo define su trabajo, responde con una frase que termina convirtiéndose en la llave de toda la entrevista: «Mi trabajo busca crear encuentros y conversaciones, más que ofrecer respuestas definitivas.» Desde entonces, resulta imposible volver a pensar en Studio Lenca únicamente como un pintor.

La primera vez que conocí su historia fue en 2025. Su instalación en las vitrinas de Hermès en Londres se viralizó. Para mí, era ver las raíces latinoamericanas convertidas en un gran sueño colorido: figuras familiares y un espacio donde la imaginación ocupaba cada rincón. Las cotidianas calles de Londres se vistieron de fiesta, de esencia y de cultura. La gente quedó encantada, no solo por la visión de José, sino por el inevitable espejo enfrente, de encontrarse a uno mismo reflejado en la realidad de otros.

Su obra suele leerse desde la migración. También desde la identidad. Él mismo reconoce que nació en El Salvador, creció como inmigrante indocumentado en Estados Unidos y hoy vive entre distintos lugares. Esa experiencia atraviesa inevitablemente su práctica artística, pero insiste en que reducirla a una sola etiqueta sería un error.

No quiero que me definan únicamente por el lugar del que vengo. Es mi experiencia, sí. Moldea quién soy y la manera en que trabajo, pero no me limita.

Jose Campos (aka Studio Lenca)

Mientras habla, amplía la idea de lo latinoamericano hasta volverla imposible de encerrar en una sola definición. Dice que no existe un único paisaje artístico latinoamericano, sino una multitud de voces que dialogan desde la literatura, la fotografía, la cocina, la danza o la pintura. Lo que las une no es un estilo común, sino la voluntad de revisar la historia e imaginar futuros distintos. Él mismo comenzó como bailarín antes de acercarse a la pintura, y quizá por eso entiende el arte como algo que no reconoce fronteras entre disciplinas.

Me interesa cómo las comunidades construyen pertenencia. Cómo los objetos pueden guardar memoria. Mi práctica es una red donde todas esas cosas se encuentran.

Jose Campos (aka Studio Lenca)

La palabra red aparece varias veces durante la conversación. No como una metáfora tecnológica, sino como una forma de entender la vida. Cada proyecto, cada colaboración y cada disciplina terminan conectándose con otra.

Esa manera de pensar probablemente nace de haber vivido siempre entre categorías que nunca terminaron de encajar. Creció en un hogar católico y conservador siendo un niño gay. En California, recuerda, pocas personas preguntaban si era salvadoreño; simplemente asumían que era mexicano. Cuando finalmente regresó a El Salvador, dejó de ser el salvadoreño para convertirse en «el americano».

«He vivido siempre en los márgenes», dice sin dramatismo. «Y aprendí a sentirme cómodo ahí porque los márgenes son un espacio de posibilidades.»

Podría parecer una contradicción, pero justamente en ese lugar donde otros ven exclusión él encontró libertad. Los márgenes le permitieron cuestionar las identidades rígidas y construir una práctica donde nada permanece inmóvil. Para él, la identidad no es un destino, sino más bien un movimiento constante.

Esa idea también aparece cuando hablamos del éxito. Durante años se ha instalado la imagen romántica del artista que, gracias a su talento, logra abrirse camino solo. José niega esa narrativa casi de inmediato. «El talento por sí solo no alcanza.»

No habla primero de museos ni de galerías. Habla de los programas comunitarios a los que pudo asistir cuando era niño. Habla de profesores que le abrieron las puertas. Habla de su madre, que decidió apoyar a un hijo que quería estudiar ballet en un contexto donde esa decisión no era precisamente evidente. «Mi carrera existe gracias a la generosidad de otras personas.»

Entonces redefine otra palabra que suele repetirse hasta el cansancio en el mundo creativo, las redes de contacto o el networking. «Para mí no significa coleccionar contactos. Significa construir confianza, cuidado y relaciones que duren muchos años.»

La respuesta cambia por completo el sentido de la conversación. De pronto resulta evidente que su trabajo nunca ha girado alrededor de producir objetos, sino de cuidar vínculos. Eso explica proyectos como Rutas, donde personas migrantes documentaron sus propios recorridos hacia Estados Unidos pintando las rutas que habían atravesado. Más que representar sus historias, José creó las condiciones para que fueran ellas quienes las narran. El proyecto llegó a espacios como MoMA PS1 y El Museo del Barrio, pero al escucharlo hablar queda claro que el verdadero éxito nunca fue la exhibición, sino la confianza que hizo posible ese encuentro.

Esa lógica atraviesa incluso su manera de entender el arte contemporáneo. Cuando le pregunto cómo protege su voz frente a las expectativas del mercado, responde que desconfía profundamente de cualquier sistema que intente convertir a un artista en una categoría fija.

«En el momento en que alguien dice: ‘Él hace esto’, siento la necesidad de moverme hacia otra dirección.» Por eso pinta, pero también hace cine. Organiza talleres. Trabaja con comunidades. Cocina. Enseña. Studio Lenca no es solamente un nombre artístico: es un paraguas bajo el que conviven muchas formas de crear.

 La mayor confusión sobre su trabajo, admite, es pensar que es únicamente pintor. Durante diez años fue docente. Hace apenas unos meses desarrolló un proyecto junto al Museo Reina Sofía de Madrid que consistía en organizar talleres con asociaciones vecinales y colectivos migrantes del barrio. No había una exposición al final del proceso ni una obra destinada al mercado. Lo importante ocurría dentro de la sala: personas comiendo juntas, conversando, compartiendo historias.

«Nadie ve esos momentos. Son solo para quienes estamos ahí.» Quizá esa sea la parte más invisible y también la más importante de su práctica.

Hacia el final de la entrevista la conversación inevitablemente deriva hacia la política. En un mundo donde los discursos antimigratorios vuelven a ganar espacio y la diferencia suele presentarse como una amenaza, le pregunto si siente la presión de convertir su obra en una respuesta directa frente a ese contexto. Hace una pausa. «Mi trabajo es político.» Pero enseguida matiza la idea. «También creo que enfocarnos en la alegría es un acto de rebeldía.»

No habla de optimismo ingenuo. Habla de la decisión consciente de imaginar futuros distintos cuando todo parece empujar hacia el miedo. Habla de celebrar las vidas que existen más allá de los titulares. Habla de resistir sin permitir que el dolor monopolice el relato.

Cuando le pregunto cómo le gustaría ser recordado dentro de varias décadas, no menciona museos, premios ni colecciones. Piensa unos segundos antes de responder.

«Hago este trabajo para mi mamá. Y hago este trabajo para el artista que me hubiera gustado encontrar cuando era niño.»

Jose Campos (aka Studio Lenca)

Luego imagina a un niño salvadoreño, indocumentado, creciendo en California. Imagina que algún día escribirá «Studio Lenca» en un buscador de internet y descubrirá que alguien como él ya estuvo allí. «Eso es todo lo que puedo esperar.»

Al terminar la videollamada vuelvo a pensar en aquella frase del comienzo. Studio Lenca nunca intentó ofrecer respuestas definitivas. Su trabajo consiste, más bien, en abrir una puerta para que otras personas entren, se reconozcan y, por un instante, dejen de sentirse solas. Porque hay artistas que producen obras. Y hay otros que construyen algo mucho más difícil: la posibilidad de que alguien, al otro lado del mundo, descubra que también pertenece.

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