El Museo de Arte Moderno de Trujillo busca reconstruir el país desde el arte

En una ciudad marcada actualmente por violencia y corrupción, el Museo de Arte Moderno de Trujillo propone algo más que exhibir arte: formar ciudadanos. Conversamos con el hijo del artista norteño Gerardo Chávez sobre la descentralización, el legado artístico y la urgencia de hacer cultura en el Perú.

Por Sebastian Alanya

Hay una imagen que me acompaña desde niño. Es una pintura de Gerardo Chávez, Mascaritas (1997), que vivía en la casa de mi abuela. Entre sus colores, formas y figuras había un detalle que siempre me inquietaba: un “mono duende” que parecía esconderse y aparecer al mismo tiempo. Me daba miedo. No entendía ese universo, esa estética, pero había algo ahí que se quedaba conmigo, incluso cuando ya no estaba frente al cuadro. Años después supe que el propio Chávez decía que ese mono lo perseguía, que Mascaritas era un cuadro soñado, uno de los pocos que decidió guardarse para sí mismo. Y, de alguna manera, también me persiguió a mí, porque terminó llevándome hasta esta conversación.

Arte moderna en Trujillo, obra que refleja la reconstrucción del país a través del arte.
Gerardo Chávez, Mascaritas (1997) 

Hoy hablo con su hijo, también Gerardo, quien dirige el Museo de Arte Moderno de Trujillo que su padre fundó. “El original de ese cuadro se encuentra en la casa de mi madre”, me comenta con risa Gerardo y le respondo con la promesa de una pronta visita. 

Rápidamente entendí que esta conversación no iría solo de arte, sino de algo mucho más amplio: de la ciudad, del país y de cómo se construyen espacios en contextos donde pareciera que no hay lugar para ellos. Trujillo, como muchas otras ciudades del Perú, convive hoy con la inseguridad, la violencia y una sensación constante de abandono. En ese escenario, sostener un proyecto cultural es casi una forma de resistir. “No es fácil hacer cultura en Trujillo”, me dice. “Es un esfuerzo titánico, pero también es una forma de equilibrar todo lo negativo”.

El museo no siempre fue pensado así. En un inicio, la idea era más íntima, casi personal, y fue creado como espacio para albergar la obra de Chávez. Pero la realidad terminó empujando el proyecto hacia otro lugar. “Nos dimos cuenta de que no había un espacio cultural de encuentro en la ciudad”, explica. Es ahí cuando el museo deja de ser solo un espacio de exhibición unitario y empieza a pensarse como un punto de conexión, como un espacio donde pueden cruzarse distintas voces, distintas miradas, distintas formas de entender lo que significa vivir aquí.

En sus últimos años, el artista repetía: “Quiero morir como un gigante anónimo”. Una frase un poco contradictoria pero su hijo lo interpreta de una forma mucho más simple, pues para su padre, lo importante no era su nombre, sino lo que podía entregar. “(Mi padre) No trabajaba pensando en lo que los demás iban a decir. Trabajaba porque necesitaba decir algo”. Pero ese impulso no nació en un contexto fácil. Chávez se fue del Perú a los 22 años, convencido de que aquí no tenía espacio. La historia de un país que expulsa y luego reconoce. Un artista que, viniendo de una familia humilde en el norte del Perú, encontró mayores oportunidades fuera del país. Que tuvo que irse para ser visto. “Se fue pensando que no iba a regresar nunca”, me cuenta su hijo. 

Hoy, el museo intenta responder a un país profundamente centralista. No solo como un espacio artístico, sino como un espacio formativo. “No queremos solo educar. Queremos enseñar a pensar”. Hay talleres, conservatorios, programas con colegios, iniciativas que buscan acercar el arte a quienes normalmente no tendrían acceso y así, formar personas más críticas, más sensibles, más conscientes de su entorno. “Los museos no son solo espacios estéticos, también son espacios pedagógicos”.

Sostener esa visión, sin embargo, implica lidiar con limitaciones constantes. El museo funciona en gran medida con fondos privados, sin un apoyo sostenido del Estado ni de la empresa privada. “La cultura sigue sin ser una prioridad”. Y aun así, el proyecto avanza, apoyándose en alianzas, en estrategias pequeñas pero sostenidas, en la convicción de que formar públicos es una tarea lenta y necesaria.

“Gestionar un museo es construir comunidad”. Una comunidad que existe y es tangible en los alrededores del museo, en las poblaciones con las que trabajan directamente, en los niños que crecen sabiendo que tienen un espacio cultural cerca. Saber que ese espacio existe, que está ahí, que también es tuyo, mío y de todos los peruanos, definitivamente cambia la forma en la que alguien se piensa a sí mismo.

La conversación inevitablemente se amplía. Ya no es solo Trujillo, es el Perú. “Somos un país riquísimo culturalmente, pero completamente fragmentado”, me dice. No se trata solo de lo que implica gestionar, sino de una forma de entender, o no entender, el país. En ese escenario, el museo aparece como una especie de punto de partida como un espacio donde el arte dialoga con la realidad, por mas positiva o negativa que sea. “(El museo existe) Para devolverle a Trujillo una esperanza como pueblo cultural y como espacio de resistencia hacia las problemáticas que nos atraviesan.”

Latex: ¿Sientes que estás continuando el legado de tu padre o que, desde tu propia perspectiva, quizás más contemporánea o urbana, estás construyendo algo nuevo? ¿Es una continuidad, una convergencia o una línea propia?

Gerardo Amador Chávez: Hay varias cosas ahí, te podría responder largo, pero tratando de resumir, siento que desde el día que nací empecé a formarme para lo que hago ahora. Y no necesariamente para dirigir un museo, sino para poder ser una extensión de mi padre, de lo que no pudo cumplir o reactivar. Me siento completamente honrado y orgulloso de poder ser esa extensión de sus deseos y de su voluntad.

Pero, al mismo tiempo, en lo personal también es un reto profesional. Como curador y gestor, sacar adelante un museo implica un crecimiento propio. Entonces, en realidad, convergen ambas cosas: por un lado, un deseo familiar que nunca fue impuesto, sino completamente orgánico; y por otro, mi propio camino profesional y mi desarrollo dentro del arte y la gestión cultural.

En algún momento sentí que cargaba una mochila. De adolescente tuve una crisis de identidad, pensaba que no podía dedicarme al arte porque llevaba el mismo nombre que mi padre. Pero eso forma parte de los procesos. Hoy, más bien, no podría estar más comprometido con su legado, no solo artístico, sino también social.

Y aunque nací en Lima, y hoy lo digo casi como un “lamentablemente”, me siento profundamente trujillano. Amo esta ciudad y quiero verla prosperar desde el pequeño grano de arena que puedo aportar.


Salgo de la conversación pensando otra vez en esa pintura. En el mono duende que me incomodaba de niño y que perseguía en su niñez a Gerardo Chávez. Hoy ya no la veo igual. Ya no es solo una obra colgada en una pared. Es una forma de entrar a algo más grande. Hay una constancia, una firme determinación y una manera de entender que, en el Perú, hacer cultura es, probablemente, una de las urgencias más profundas que tenemos.

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