Frente a la necesidad de volver a lo esencial, la ceramista peruana Luciana Gamarra ha encontrado en el barro una forma de crear, sanar y resistir el ruido del mundo. Luego de asistir a uno de sus talleres de cerámica, Sebastian Alanya conversa con la artista sobre el lado humano de lo que creamos y la importancia de pausar.
Por Sebastian Alanya
Hay artistas cuya obra parece hablar antes que ellos. En el caso de Luciana Gamarra, sus piezas transmiten algo difícil de explicar, pero muy fácil de sentir: calma. Está en las formas orgánicas de sus tazas, en los tonos tierra, en las pinceladas imperfectas que revelan la mano detrás del objeto. Pero sobre todo, está en la experiencia que genera acercarse a su trabajo. Porque más que crear cerámica, Luciana parece construir pequeños espacios de pausa en medio de una época obsesionada con la velocidad.
La conocí primero a través de una de sus piezas: una edición limitada inspirada en Paracas que recibí como regalo de cumpleaños hace algunos años. Desde entonces, sus tazas comenzaron a formar parte de esos pequeños rituales cotidianos del día a día. Tomar café en una pieza hecha a mano no es exactamente lo mismo que hacerlo en cualquier otra taza. Hay algo emocional ahí. Algo humano.
Hace poco finalmente conocí su taller en persona. Entre barro, hornos y mesas compartidas, entendí por qué tantas personas llegan ahí buscando algo más que aprender cerámica. En medio del ruido constante al que vivimos sometidos, pantallas, ansiedad, productividad, comparación. El taller de Luciana se siente casi como una resistencia silenciosa.
Curiosamente, todo empezó mucho antes de la cerámica.

“Desde chiquita siempre me gustó el arte”, cuenta. Sus papás incentivaron desde temprano esa sensibilidad con clases de pintura, manualidades, talleres. Mientras otros niños iban a deportes, ella encontraba refugio en lo creativo. En el colegio, arte era el curso donde mejor le iba. Más adelante incluso ingresó a estudiar Artes Plásticas, aunque el miedo terminó alejándola de ese camino.
“Me entró un poco de miedo dedicarme al arte”, admite. Conversando con personas del medio, entendió rápidamente algo que muchos artistas descubren tarde, pues dedicarse al arte en países como el Perú suele depender de privilegios económicos o conducir inevitablemente hacia la docencia. Entonces buscó un camino “más seguro”. Estudió gestión de moda, trabajó en empresas textiles, luego en publicidad. Pero incluso ahí, detrás de la estructura corporativa y las oficinas, seguía existiendo una versión más libre y creativa de sí misma que todavía no encontraba del todo su lugar.
La cerámica apareció durante esos años como una especie de refugio paralelo. Su mejor amiga tenía un taller y, después del trabajo, Luciana iba a pasar horas ahí. “Era un espacio que me generaba fascinación”, recuerda. Pero aún lo veía lejano. Como hobby. Como algo imposible de convertir en vida.
Hasta que llegó el maestro inevitable de muchos, el monstruo silencioso que no solo trajo tragedias, sino también renovación, reinterpretación y reinvención. Llegó la pandemia.
la cerámica no solo le dio trabajo, le dio calma.
Como a miles de personas, la crisis la obligó a detenerse. Perdió el trabajo y decidió probar algo distinto: hacer piezas y venderlas para generar ingresos. Lo que comenzó como un experimento terminó convirtiéndose en su estudio y en una nueva manera de entenderse a sí misma, porque la cerámica no solo le dio trabajo, le dio calma.
Una semana antes del inicio de la pandemia, Luciana había sido diagnosticada con depresión y ansiedad. Estaba medicada y atravesando un momento emocionalmente complejo. “Ponerme a hacer cerámica todos los días me ayudó a salir de ese momento oscuro”, cuenta. Y hasta hoy sigue siendo así. No habla de la cerámica únicamente como producción o emprendimiento. Habla de presencia. “Lo que mejor me hace es sentarme a hacer cerámica, pero no desde el ‘tengo que producir’, sino desde disfrutar el momento”.
Tal vez por eso sus talleres tienen algo casi terapéutico. Cuando participé en uno de ellos, hubo un instante donde el espacio entero quedó en silencio. Cada persona estaba concentrada en su pieza, hundida en sus propios pensamientos, escuchando únicamente el roce de las manos contra el barro. Como si, por unas horas, el mundo hubiera bajado el volumen.
“La claridad mental viene cuando estamos en calma”, dice. Una calma que hoy parece haberse convertido en un lujo. “Mientras más trataba de amoldarme a lo considerado normal, más me alejaba de mi creatividad”, reflexiona.
Las redes sociales tampoco ayudan. La comparación ya no es ocasional, ahora vive en el bolsillo, disponible las veinticuatro horas del día. “Antes comparabas tu trabajo con una o dos personas. Ahora ves a doscientas”.
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En esa presión por producir más, vender más y crecer más rápido, muchos artistas terminan desconectándose de la sensibilidad que los llevó a crear en primer lugar. Luciana lo tiene claro. “El peligro aparece cuando uno deja de hacer lo que realmente quiere para empezar a pensar únicamente en qué va a vender. No necesariamente tener más ventas hace que tu trabajo sea mejor”, dice. Entender que el arte también puede perderse dentro del mercado es un intento de sobreponerse ante ello.

Aunque Luciana se define como perfeccionista, trabajar con barro la obligó a entender que no todo puede controlarse. Las piezas se quiebran. Se deforman. Se agrietan. A veces el horno cambia el resultado. A veces algo sale mal sin explicación. “Ahora me frustro mucho menos”, cuenta.
Incluso recuerda cómo un cliente francés quiso comprar una pieza que ella consideraba defectuosa porque estaba ligeramente quiñada. “Ese era precisamente su encanto”, le dijo él.
Considero que esa es una de las lecciones más hermosas que deja la cerámica: entender que las grietas no necesariamente arruinan algo. A veces lo vuelven único.
Sus piezas, por supuesto, también hablan de ella. De su amor por la naturaleza, de su búsqueda de calma, de su sensibilidad estética. Incluso de su meticulosidad. En tiempos donde todo parece diseñado para acelerar, la obra de Luciana Gamarra propone lo contrario: detenerse. Mirar las manos. Aceptar la imperfección. Habitar el presente.
Como el barro húmedo girando lentamente sobre la mesa, sus piezas recuerdan algo que muchas veces olvidamos… no todo en la vida tiene que resolverse rápido. Algunas cosas simplemente necesitan tiempo para tomar forma.




