¿Puede la moda separar al genio de la persona? John Galliano acaba de poner al Met frente a esa pregunta. El Costume Institute iba a dedicar su gran exposición de 2027 a uno de los diseñadores más influyentes de nuestro tiempo. Un mes después, John Galliano pide que no se haga. Entre ambas noticias ocurrió algo mucho más interesante que una cancelación: la moda volvió a enfrentarse a los límites de la redención.
John Galliano iba a tener su Met. No solo una mesa, una aparición en las escaleras o uno de sus vestidos dentro de una exposición colectiva. El Met.
John Galliano: Horizons iba a recorrer cuatro décadas de una carrera difícil de comparar con cualquier otra: desde Les Incroyables, la colección con la que se graduó de Central Saint Martins en 1984, pasando por su propia firma, Givenchy y los años monumentales en Dior, hasta llegar a Maison Margiela y aquel Artisanal Spring 2024 que recordó, incluso a quienes habían decidido olvidarlo, de qué era capaz John Galliano cuando tenía una pasarela delante.
El Costume Institute posee, además, la mayor colección de su trabajo en el mundo. La exposición iba a reunir prendas, accesorios, bocetos, toiles, cuadernos de investigación y archivo para estudiar algo que resulta difícil discutir incluso entre sus críticos. Porque seamos realistas… la influencia de Galliano sobre la moda contemporánea simplemente no se discute.
El problema es que John Galliano, también es John Galliano. Y apenas se anunció la exposición, esa segunda parte de su historia volvió a ocupar la conversación.

El elefante en la habitación
En 2011, Galliano fue despedido de Dior después de que salieran a la luz episodios de insultos antisemitas y racistas en París, incluido un video en el que expresaba admiración por Hitler. Posteriormente fue declarado culpable por un tribunal francés.
No fue una polémica ambigua, no fue un comentario sacado de contexto quince años después, no fue una campaña desafortunada. Fue grave.
Galliano desapareció durante un tiempo de la primera línea de la industria, habló públicamente sobre su adicción, inició un proceso de recuperación y eventualmente volvió a trabajar. En 2014 llegó a Maison Margiela. Diez años después salió de la casa habiendo protagonizado uno de los regresos creativos más extraordinarios de la moda contemporánea.
La industria (en buena medida) volvió a abrazarlo. Pero una cosa es permitir que alguien vuelva a trabajar y otra bastante distinta es consagrarlo, y ahí empieza el verdadero problema del Met.
El problema no está en la exposición, sino en el relato detrás de ella
Un museo puede estudiar prácticamente cualquier cosa. Puede exhibir obras realizadas por personas moralmente cuestionables, investigar figuras profundamente problemáticas y enfrentarnos a legados incómodos. De hecho, debería poder hacerlo.
El problema, entonces, no era necesariamente que el Met hiciera una exposición sobre John Galliano. El problema era qué tipo de exposición estaba proponiendo.
Una retrospectiva individual en el Costume Institute, inaugurada alrededor de uno de los eventos culturales con mayor exposición mediática del planeta, difícilmente puede entenderse como un gesto neutral. Pero tampoco tiene por qué convertirse automáticamente en una absolución. Todo depende del relato que la institución decida construir.
Y ahí Horizons entraba en un terreno complicado. La muestra había sido anunciada alrededor de cuatro décadas de creatividad y del enorme impacto de Galliano sobre la moda, colocándolo nuevamente en el centro de una de sus plataformas de mayor legitimación. La pregunta no era si su obra merecía ser estudiada, pues difícilmente puede escribirse la historia de la moda contemporánea sin ella, sino si podía ser celebrada sin confrontar aquello que también forma parte de su historia.
Porque exhibir no necesariamente significa homenajear. Estudiar no significa absolver. Y reconocer la importancia de una obra tampoco obliga a una institución a separar esa obra de la persona que la produjo.
La oposición fue creciendo. Líderes de la comunidad judía expresaron su rechazo. Julie Menin, presidenta del Concejo Municipal de Nueva York e hija de una sobreviviente del Holocausto, pidió públicamente al museo que reconsiderara la decisión. Algunos donantes del Met llegaron a advertir que retirarían sus aportes si la muestra seguía adelante.
Otro detalle difícil de ignorar es que la exposición estaba prevista para abrir en mayo de 2027 y su programación llegó a cruzarse con Yom HaShoah, el Día de Conmemoración del Holocausto, algo que añadió definitivamente otra dimensión a las críticas.
Hasta que ocurrió algo poco habitual: Galliano se retiró él mismo.

¿Error de cálculo del Met?
Este 31 de agosto, el Metropolitan Museum of Art confirmó junto al diseñador que John Galliano: Horizons no seguirá adelante como estaba previsto.
En su comunicado, Galliano no intentó relativizar aquello que había ocurrido quince años atrás. Volvió a reconocer el daño causado a las comunidades judía y asiática y explicó que entiende que una reparación significativa no se consigue mediante una exposición, un reconocimiento institucional o un único gesto público, sino a través de una responsabilidad sostenida en el tiempo.
Ahí, paradójicamente, está lo más interesante de toda esta historia. Pues, retirarse de la exposición puede terminar diciendo más sobre el proceso de Galliano que haberla realizado. No borra 2011, por supuesto que no, y tampoco debería hacerlo.
Pero aceptar que tu obra merece ser estudiada y, al mismo tiempo, entender que ser objeto de estudio no necesariamente significa estar listo para ser colocado en el centro de una celebración institucional, requiere admitir que ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.
John Galliano puede ser uno de los diseñadores más extraordinarios de su generación. John Galliano puede haber dicho cosas profundamente repugnantes. John Galliano puede haber pasado quince años intentando reconstruirse. Y las personas afectadas por aquello pueden seguir sin estar preparadas para verlo celebrado. Ninguna de estas afirmaciones cancela necesariamente a la otra.

¿Cuánto dura una condena pública?
Quizá esa sea la pregunta que realmente deja Horizons. Porque nuestra cultura contemporánea habla constantemente de accountability (responsabilidad), pero bastante menos de lo que ocurre después.
¿Qué esperamos exactamente de una persona que hizo algo repudiable? ¿Que se disculpe? ¿Que desaparezca? ¿Que cambie? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Existe alguna conducta capaz de demostrar una transformación? Y si la respuesta es no, entonces convendría admitir que no estamos hablando de responsabilidad, sino de una condena permanente.
Pero la pregunta inversa también importa. ¿El arrepentimiento obliga a los demás a perdonar? Por supuesto que no. Sin embargo, la redención personal y la rehabilitación profesional tampoco producen automáticamente el derecho a ser homenajeado.
Ahí es donde la conversación sobre Galliano se vuelve bastante más compleja que el vocabulario habitual de internet: Cancelado o perdonado. Villano o genio. Dentro o fuera. Lo cierto es que la realidad rara vez funciona de manera tan ordenada.
La moda tampoco puede fingir que Galliano no ocurrió
Anna Wintour respaldó la decisión de Galliano, calificándola de valiente, pero al mismo tiempo hizo algo significativo: no retrocedió un centímetro en su valoración de su obra. Lo llamó el couturier más importante de su generación y recordó cómo diseñadores posteriores siguen mirando su trabajo como referencia. Jonathan Anderson, actual director creativo de Dior, ha señalado al propio Galliano como uno de sus héroes.
Cancelar una retrospectiva no hace desaparecer la influencia de Galliano. Su trabajo está en los archivos. Está en los museos. Está en los diseñadores que vinieron después. Está en nuestra idea contemporánea del desfile como espectáculo, del diseñador como narrador y de la moda como construcción de mundos.
Porque, aunque a muchos les pueda escandalizar esta realidad, la historia de la moda no necesita que sus protagonistas sean buenas personas para reconocer que fueron importantes. Es así de simple, aunque resulte incómodo y esté lejos de cualquier visión utópica de la historia.
Pero (y aquí hay un gran pero) reconocer importancia tampoco exige construir un altar.
Posiblemente algún día exista una gran exposición de John Galliano en el Met. Y quizá, cuando ocurra, la muestra más interesante no sea aquella que intente separar al creador de sus peores actos. Más bien, todo lo contrario.
Una exposición verdaderamente relevante tendría que ser capaz de sostener las dos cosas en una misma sala: el genio y aquello que hizo imposible celebrarlo sin hacer preguntas. Porque la historia no tiene por qué absolver para poder mirar. Y un museo tampoco.




