HOY NO CALLAMOS

Por Majo Mundaca Zagal

Ahora, todos los ojos están puestos en el caso de la joven de 21 años que fue violada sexualmente por un grupo de 5 hombres. Pero lamentablemente, ese caso se suma a lo que viven día a día miles de mujeres –sin importar la edad– en nuestro país.

Miles de casos de machismo manifestados en abusos físicos, abusos psicológicos, manipulación y violaciones colectivas, pasan todos los días pero de los que no nos enteramos, porque posiblemente no llegan a más de una denuncia que las autoridades prefieren obviar, o simplemente justificar con argumentos que no deberían ser normalizados en la sociedad. Médicos descartando pruebas de violaciones. Jueces alegando provocaciones como justificación. Violadores victimizándose. Y ahora, un abogado llamado Paul Muñoz justificando al violador y culpando a la víctima por gustarle «la vida social».

Un eufemismo según él, que utilizó para no catalogarla como ¿lo que verdaderamente es? No somos quién para juzgar, pero si tenemos el poder de condenar argumentos machistas como el eufemismo que utilizó Muñoz. Porque, el que disfrutemos de una vida social –y sexual– activa no es, y no debería ser, justificación de una violación.

Ahora no es momento de callar. Es momento de abrir los ojos y darnos cuenta que si tal vez no nos violaron, sí nos hicieron sentir incómodas con comentarios o acciones machistas que no debemos seguir normalizando. Porque para salir a divertirnos, no debemos sentir miedo por el hecho de ser mujeres. Porque no nos tienen que educar cómo no ser violadas. Y porque los únicos que pueden evitar una violación, no somos nosotras, sino los violadores.

Hoy no callamos y junto al equipo editorial femenino de LATEX Magazine, elegimos contar nuestras historias y unirnos a las víctimas que día a día luchan o sienten ansiedad ante situaciones que no buscamos por el largo de nuestras faldas o el tamaño de nuestros senos. Y porque no hay historia de acoso que deba ser minimizada o justificada.



ARIANNA CASARETTO, 21 AÑOS

Soy una chica a la que le gusta la vida social, soy una chica a la que le encanta arreglarse para salir a bailar, soy una chica que disfruta mucho tomarse un par de copas de gin. Eso no justifica que me acosen, o me violen.

Salí a un bar con tres amigas, estuvimos tomando un par de copas mientras conversábamos, pasándola bien. De pronto, se nos acercó un grupo de tres simpáticos chicos y nos echamos a conversar. Uno de ellos me dijo entre risas: “¿Cuántas copas vas ah?, cada vez que te veo es con un vaso distinto”.  Al inicio lo tomé como una broma y me reí con él.  En ese mismo instante me invitó una copa, y yo accedí ¿Qué hay de malo? 

Todo iba bien mientras conversábamos. Me parecía un hombre simpático, educado y buena onda. Hasta el momento en que lanzó otro comentario entre risas: “¡Vas como tres copas y estás paradaza! Ven, te compro otra copa y vamos a bailar. Espera, mejor te compro una botella y me das un beso”, a lo que soltó una carcajada. Espera ¿Me estaba ofreciendo trago a cambio de bailar? ¿El precio de bailar conmigo se compara a una copa de Gin? ¿El precio de besarme son 150 soles por una botella de licor en un bar?  

Tras su comentario atiné a pararme de la mesa, luego de sacar 30 soles de mi cartera –que fue lo que gasté en el trago– y marcharme a buscar a mis amigas, que en el momento se encontraban bailando. El chico me siguió hasta que me tomó de la mano. “Era solo una broma, no te lo tomes a pecho”, dijo. “Lo siento, vamos a bailar con tus amigas, no vas a interrumpir la gozadera de tus amigas por ese pequeño chiste sin razón”.

¿Qué sentí? Sentí asco. Sentí que mi compañía no es suficiente, que una conversación no basta. Sentí que me comparaban con un objeto, que me querían comprar. Sentí culpa por ser la causante de sacar a mis amigas de la fiesta por el “pequeño chiste sin razón” del chico del bar. Sentí pena por él y su ligera manera en la que ve las cosas. Pero, sobre todo, sentí ser mujer. 



ANDREA ANDRADE, 20 AÑOS

Allá íbamos, regresando de una visita increíble a las playas de Montañita, Ecuador. Mis amigas, mar, arena y su cada vez más famosa vida nocturna fueron la fórmula para calmar el efecto de los 28 grados que azotaban a la península de Santa Elena. Éramos pura sonrisa y paz, pero era momento de regresar a Guayaquil; y la única forma de hacerlo, era a través de los buses que salen del centro del lugar. 

“Qué suerte, conseguimos los últimos asientos para las 5 de la tarde”, pensamos. Recién el sol quería ocultarse. No habría problema alguno, aún no era de noche, el camino solo duraba 40 minutos y podríamos dar cierre a un viaje inolvidable. Debido al intenso calor, decidí colocarme únicamente una falda encima del bikini. “Si es que alguien te dice algo, solo actúa como si no escucharas nada o colócate los audífonos”, nos repetíamos. Dichas palabras ya se habían convertido en un mantra cada vez que nos encontrábamos de viaje solas en algún lugar.

Lamentablemente nos tocó sentarnos casi al final del bus, y allí también se encontraban hombres y mujeres muy exaltados que no causaban gracia a nadie. El miedo comenzó a recorrer nuestro cuerpo una vez que los varones de dicho grupo nos empezaron a gritar miles de frases asquerosas. Todo tipo de circunstancia comenzó a invadir nuestra mente y el trayecto se convirtió interminable. Nuestra única alternativa fue sujetarnos las manos, esperando que se callaran. Debido a la impresión, ninguna sabía cómo reaccionar. “Yo me llevo a las dos de adelante”, “Cuánto para que me hables mamasita”, “Yo me regreso con ellas”, continuaban. Lo que me causaba más desazón es que las mujeres del mismo grupo se encontraban en santo silencio, ninguna se atrevía a callar a sus amigos. Ni que decir de las personas mayores que se encontraban sentadas más adelante, parecía un espectáculo donde nosotras solo éramos el objeto de deseo.

“Solo faltan 20 minutos, solo faltan 20 minutos”, me repetía a mí misma mientras el volumen de mis audífonos llegaba a reventarme el oído para no escuchar nada y mis ojos se llenaban de lágrimas por la impotencia. Finalmente, todo el grupo se bajó en una parada antes que nosotras, la pesadilla había terminado, al menos solo por ese día. 

No quería sentirme culpable por cómo iba vestida, simplemente caí en cuenta que parte del problema también recae en que muchas veces dejamos pasar comentarios o actos machistas de personas cercanas a nosotros. Por ello es necesario sumar esfuerzos, debemos seguir participando activamente de la prevención y erradicación de esta problemática social que, lamentablemente, se sigue tratando con indiferencia colectiva.



VALERIA VIGIL, 22 AÑOS

Soy una chica “amiguera”, soy una chica “fiestera”, soy una chica de faldas y vestidos, y lamentablemente eso me pone en riesgo constante. He escuchado cosas que no quería escuchar, he visto cosas que no pedí ver y he sido tocada sin mi consentimiento y probablemente a muchos les indigne leer eso, pero es algo con lo que tuve que aprender a vivir. En el fondo siempre supe que cosas así me iban a pasar, esperé que no pero pasaron ¿Por qué? ¿Porque soy mujer? Nunca las conté porque es casi “normal”, de hecho, cuando me pasaron me quede callada porque ¿Qué pasa si reacciono y me va peor? Pero ¿Qué hago? ¿Dejo de salir a fiestas? ¿Dejó de usar faldas y vestidos? ¿Dejó de ser tan “amiguera”? Nunca pensé escribir sobre esto, pero no quiero vivir con este miedo normalizado y si puedo ayudar a visibilizarlo, entonces aquí está mi testimonio.

Estaba en un rave, bailando sola y disfrutando de la música cuando sentí como un chico se me pegada por atrás, intenté alejarme despacio porque “no quería pasar roche” pero se volvió a pegar hasta que sentí como lo estaba disfrutando. Por unos segundos me paralicé, me asusté tanto que literalmente me petrifiqué hasta que pude voltear a mirarlo (estoy segura de que con cara de asustada) y se fue. Continué con mi vida como si nada.

Me gustaría contar que fui lo suficientemente fuerte para decirle todo lo que se merecía, pero no pude. Ahora tengo claro que no debo callar, todo lo contrario, alzo mi voz para poder concientizar a los que me lean, que esta no puede ser nuestra realidad, esto no es algo normal, esto no debe pasar. Nada justifica una agresión sexual.



FERNANDA GUERRERO, 25 AÑOS

Recuerdo que en una de esas clases de “sexualidad” en la que separaban de salones a niñas y niños, una profesora nos dijo “El hombre llega hasta donde la mujer lo permite.” A mis 12 años no tenía una idea clara de lo que eso significaba, pero por la explicación que nos dio, entendí que, si un hombre se sobrepasaba conmigo, era toda culpa mía. 

Tiempo después, una compañera del salón iba a celebrar su cumpleaños en un centro comercial para el cual yo debía usar transporte público. Me sentía feliz porque empezaba a salir sola y ese es un paso importante en la vida de cualquier preadolescente. 

Habían pasado 10 minutos del trayecto cuando un sujeto de 35 años se sienta a mi lado y me percato que algo estaba jalando mi blusa, logré ver que mientras cruzaba los brazos, escondía su mano para poder llegar a mi pecho. Ese día recordé lo que me habían “enseñado” en clase y me culpé, creí que me lo merecía por haberme puesto vestido. Ese es el amargo recuerdo que tengo de mi primera salida sola, y esto es lo que viven niñas y mujeres cada día en el Perú. 



SHARON CADILLO, 28 AÑOS

Jamás he podido caminar por las calles de este país, mi país, vestida completamente como me gusta sintiéndome totalmente libre. Jamás he podido salir a la calle con una minifalda o un short, con una prenda ceñida y que marque mi cintura o no ponerme sujetador sin sentir la mirada acosadora de algún hombre observándome. Hombres de todas las edades, jóvenes, señores, ancianos, todos mirándome como si fuera un pedazo de carne y nada más. He tenido que soportar comentarios de que soy “una provocadora” por usar la ropa que uso. He tenido que vivir siempre con miedo, cuidándome de que nadie se me acerque o me toque, de que nadie me haga daño. Y me encantaría decir que jamás nadie se ha aprovechado de mí, pero no es cierto.

Estaba en parciales, como cualquier día clásico de exámenes que salía de clases y me iba directo a casa a estudiar y a seguir con mis trabajos, llevaba puesta una camiseta pegada y unos pantalones que marcaban mi cintura, estaba con mil pensamientos en la mente, pero aun así es tan fácil darte cuenta cuando un hombre camina hacía a ti de una forma totalmente acosadora. Solo faltaban dos cuadras para llegar a casa, cuando este hombre empezó a caminar rápidamente hacía mí, de pronto se paró delante de mí como a una distancia de 2 metros. No sabía si me iba a robar, sacar un arma o qué iba a hacer, pero tenía claro que algo malo iba a suceder. Tan pronto como se paró, se bajó la parte de adelante del pantalón y saco su pene para mostrármelo mientras ponía una cara de depravado sexual, yo quedé completamente atónita, sentía cómo el miedo recorría todo mi cuerpo, y quería salir corriendo porque pensaba que el hombre se me iba a tirar encima, pero los primeros segundos no pude ni responder a moverme y mucho menos a decir algo, hasta que pude empezar a reaccionar y empecé a correr lo más rápido para el lado contrario.

No volteé si quiera a ver si me estaba siguiendo, estaba aterrorizada, unas cuadras después me pude dar cuenta que el hombre no me había seguido. Esa vez no pude reaccionar porque no estaba preparada para eso, por miedo y hasta porque no entendía qué era lo que estaba sucediendo, mientras fui creciendo y entendiendo de la existencia de estas personas miserables de las que yo no podía hacer nada para cambiarlas o hacer algo para no volvérmelas a cruzar nunca más en la vida, y lo único que me quedaba era cuidarme y protegerme a mí misma, pude reaccionar mejor para las ocasionales veces que siguieron sucediendo. Pero ¿Qué es esta clase de vida la que nos ha tocado vivir? ¿Es lo que me tocó por ser mujer? ¿Tengo que seguir acostumbrada a vivir con miedo para siempre, a no poder caminar sintiéndome libre, a no poder caminar sin audífonos o cubierta de pies a cabeza porqué un depravado se me puede acercar y hacer daño? Tantas veces he querido respuestas, respuestas y cambios, pero hasta ahora no las obtengo. Ninguna prenda, ningún estilo, ninguna forma de vestir justifica que me juzguen moralmente, que me toquen, que me acosen, que me violen o que me maten.



VALERIA GHERSI, 22 AÑOS

Qué triste que tenga que decir que tengo “suerte”. “Suerte” de que, aunque camine a mi casa de noche con llaves entre los dedos, nunca he tenido que usarlas para defenderme. “Suerte” de que a pesar de tener que escuchar “piropos” repugnantes y silbidos en la calle desde que tengo once años siempre pude ignorarlos y seguir con mi día. “Suerte” que cuando salgo (porque me gusta la vida social) lo peor que me ha pasado es que me “metan mano”. Que “suerte” que tenga que privarme de ir a ciertos lugares, de ponerme ciertas prendas de ropa y de tener que estar pendiente de que cuando esté en un lugar aglomerado, nadie se me pegue mucho. Lamentablemente la mayoría de las mujeres en Perú y el mundo no tienen tanta “suerte”.



MICAELA BAZALAR, 20 AÑOS

Un mes más para celebrar su unión. La emoción te invade, pero poco a poco disminuye. Presientes que habrá un problema luego del mensaje que le mandaste. Te alistas, te sientes la más hermosa, pero todo comienza a salir mal. Sabes que llegarás cinco minutos tarde —otro nuevo problema. Él no tolera eso, es su tiempo, debiste prever eso. Y tu mensaje, ya lo tenía descontento. Te invade la ansiedad, ninguna «excusa» será válida. Ya sabes el escenario que se avecina. Te saluda de manera fría y durante el encuentro te castiga con el silencio. Duda de tu amor, no es suficiente, no eres suficiente. Es tu culpa. Poco a poco te apagas, aceptas lo que te dice y piensas en mejorar —otro aspecto más— para que deje de compararte con otras.

La parte más difícil de estar en una relación tóxica, es reconocer que estás metida en una. Cubres lo malo y lo disfrazas de cariño, y poco a poco la idea que uno tiene sobre el amor se distorsiona. Piensas que eso es lo que mereces o debes aceptar, porque al final el amor aguanta todo, ¿no? Pues no. El amor no debe doler.

La dinámica de manipulación, humillación y/o agresión —física o psicológica— nunca se muestra al inicio de una relación violenta. Aprendí que siempre una debe poner como prioridad su salud mental y tranquilidad emocional. Y recuerda que no estás sola, nunca lo estuviste. Quiero que sepas que puedes pedir consejos, ayuda y apoyo si lo necesitas. Nada de lo que pasó es tu culpa, él no sabe qué es el amor. El terminar una relación —sobre todo si lastima— no es un fracaso ni significa que te condenas a la “soledad”. Todo lo contrario, es un nuevo comienzo, libre de ataduras y con una misma.



ANDREA CÁCERES, 24 AÑOS

Tengo 24 años y una familia que piensa que una mujer es agredida, violada o violentada porque se lo buscó. Tengo parientes que justifican las acciones de un violador con premisas como ‘¿qué hacía a altas horas de la noche fuera de su casa?’, ‘seguro llevaba ropa provocativa’, ‘seguro estaba pasada de copas o drogada’. Ese tipo de comentarios lastiman e indignan.

Lamentablemente las conductas machistas están en todas partes. Puedo decir con exactitud que me han agarrado el trasero en el transporte público. Me han acosado verbalmente en la calle. Me han levantado la falda en el colegio. He tenido que acelerar el paso porque sentía que me perseguían. He bajado corriendo de un colectivo porque los demás pasajeros eran hombres. He mandado mi ubicación a mis amigos cada vez que he regresado a casa sola y de noche en un taxi.

El miedo es constante. Antes de la pandemia, salía de casa a las 8 de la mañana para llegar a mi trabajo. No salía sin antes enseñarle a mi papá cómo iba vestida. Eso que parecía una rutina de: ‘papá, mira cómo combino mi ropa o mira cómo me queda la prenda nueva que me compré’ se convirtió, para mí, en la única posibilidad que él tendría para identificar mi cuerpo si es que un día no regresaba. 



KIKI JAVES, 23 AÑOS

Estuve en un colegio católico donde me enseñaron que no debía tener la falda arriba de la rodilla porque insinuaba cosas de las que me podía arrepentir. Donde rizarnos las pestañas o usar solo la blusa del colegio sin nada debajo dejaba mucho a la imaginación de los hombres porque se translucía la ropa interior. Donde nunca nos enseñaron nada acerca de educación sexual pero nos decían que la mujer era la que siempre cometía pecados y que pasaba lo que ella permitía. Pensamientos que cuestionaba y que muchas veces recibían castigos.

Me encanta la vida social, me encanta salir a bailar, cantar y divertirme con mis amigas, pero me da miedo hacerlo. Nunca sé si yo o alguna de ellas regresará a casa, aunque siempre compartamos nuestras ubicaciones. Me encantaría usar vestidos, faldas y tops lindos en mi día a día como veo que lo hacen algunas mujeres en otros países y pueden estar tranquilas. Si lo hago aquí, estoy pidiendo que me violen ¿verdad? A veces cuando salgo parezco un chico, polos anchos que esconden mi figura, y gorra para pasar desapercibida.

Recuerdo uno de los momentos que más impactaron en mi vida. Fue en mis primeros años de universidad cuando regresaba a casa. Llevaba una falda que me encantaba, estaba separada de mi grupo de amigos porque el bus estaba lleno. Un sujeto se me acercó y me agarro de la mano. Mis sentidos se bloquearon, comenzó a hablarme y vi cómo su mano comenzó a acercarse a mis piernas ¿acaso le permití hacerme eso? “Ayuda” era lo que repetía en mi mente. Uno de mis amigos se acerco y empezó a gritarle. No sé que le gritaba, no escuchaba nada, solo lloraba. Vi que se bajó del bus. Recuerdo pensar en lo asqueada que me sentía, en lo mucho que quería gritar, desaparecer y abrazar a mi mamá. Me sentí en blanco el resto de camino a casa.

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