Hablemos sobre la infantilización de las artistas: ¿Estrategia, estigma o reflejo tóxico?

Por Aleu Campos

En los últimos meses, hemos observado cómo el mundo del espectáculo tiende a volver a infantilizar a las artistas adultas, encerrándolas en imágenes tiernas e inocentes.

Parece que el paso del tiempo es visto como una carga, en lugar de un valioso signo de experiencia. Detrás de cada foto y cada comentario que se aleja de su verdadera esencia, emerge una inquietante pregunta: ¿por qué seguimos romantizando lo infantil en vez de celebrar el crecimiento?


Jenna Ortega y el peso de haber sido niña demasiado pronto

Jenna Ortega, quien hoy tiene 22 años, ha estado enfrentando durante mucho tiempo esa mirada que se niega a reconocerla como adulta. A pesar de su trayectoria desde Disney hasta su papel como Merlina Addams en Netflix, denuncia que Hollywood continúa tratándola como si fuera una adolescente. Su reflexión es contundente: “Me molesta mucho cuando la gente dice: ‘Ay, no lo entiendes. Eres tan joven’. Porque si no estás abierto a las experiencias que vives y no estás dispuesto a aprender de tus errores ni a reflexionar sobre tus decisiones, no vas a crecer en absoluto”, afirma la actriz.

Aunque ha intentado liberarse de esa etiqueta alejándose un poco de las redes, asumiendo roles más complejos y produciendo, esto sigue recordándonos lo pesado que es comenzar siendo niña en un sistema que no reconoce la adultez de sus antiguas estrellas infantiles.


Sabrina Carpenter: ¿provocación o persistencia infantil?

La cantante y ex-estrella de Disney también se encuentra en el punto de mira. Su estética reciente ha sido fuertemente criticada por ser considerada de manera blanda como infantil, incluso sexualizada con ecos de Lolita. Algunos fans la acusan de “pretender ser una niña” para generar polémica y atraer atención. Esta tensión refleja algo más profundo: las artistas, al crecer, llevan consigo una narrativa que no les pertenece —una especie de deuda emocional con un pasado infantil que ya no representa lo que son.


¿Qué está sucediendo realmente detrás de esa infantilización?

Una estética vendible y efectiva: Lo aniñado vende. Representa adorabilidad, juventud, inocencia… un combo comercial que resulta difícil de resistir.

Funciona en un mercado que prefiere lo consumible a lo complejo. Una mirada que no permite crecer: el sistema audiovisual tiende a tratar a las mujeres jóvenes como figuras eternamente inmaduras aunque suena a cliché, pero es una forma de control: “todavía no estás lista”

Hay una tensión entre la libertad y la necesidad de ser vistas: algunas artistas exploran ese estilo con ironía, provocación o conciencia, como Sabrina.

Otras, como Ortega, luchan por salir del molde que las ha marcado. ¿Por qué resulta tan difícil que una artista que comenzó en su infancia hable de la adultez sin tener que justificar su evolución? ¿Por qué el público rechaza el crecimiento y se aferra al reflejo infantilizado? Tal vez sea una forma de resistirse al paso del tiempo, una nostalgia. 

O quizás sea el sistema que, de manera silenciosa y efectiva, se aferra a imágenes que le garantizan likes y visualizaciones. Lo más importante es que ver a estas artistas como adultas no elimina su talento infantil; lo complejiza. Permitirles brillar desde su experiencia, libres de etiquetas, también nos libera a nosotros.

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