El restaurante del peruano Richi Goachet acaba de ser incluido en 50 Best Discovery 2026. Pero detrás del reconocimiento hay años de mudanzas, cierres, reinvenciones y una cocina que nunca dejó de evolucionar.
Hay restaurantes que nacen con un plan perfectamente definido, y luego está Verbena. La propuesta del chef peruano Richi Goachet siempre pareció avanzar por un camino mucho menos predecible. Uno donde cada obstáculo terminaba convirtiéndose en una nueva forma de hacer las cosas.
Esta semana, ese recorrido recibió uno de sus reconocimientos más importantes. Verbena fue incorporado a 50 Best Discovery 2026, la plataforma internacional que reúne restaurantes, bares y hoteles recomendados por los expertos detrás de The World’s 50 Best Restaurants. No es un ranking, sino una selección curada de espacios que están redefiniendo la hospitalidad alrededor del mundo.
Pero reducir la noticia a una inclusión sería quedarse con la parte menos interesante. Porque si algo ha caracterizado a Verbena desde el principio ha sido precisamente su capacidad de transformarse. Es más, este reconocimiento me hizo pensar no tanto en el premio, sino en el camino que tomó para llegar hasta aquí.
Goachet regresó desde Valencia con la idea de establecerse definitivamente en Lima. El plan incluía abrir su propio restaurante. Lo consiguió. Poco después llegó la pandemia. Lo que para muchos significó detenerse, para él terminó convirtiéndose en un laboratorio creativo: Verbena dejó de ser únicamente un restaurante para transformarse en un taller gastronómico en constante movimiento, donde la experimentación era tan importante como el servicio. Esa flexibilidad terminaría definiendo el ADN del proyecto.
Después vino una nueva etapa. Lejos de instalarse en los circuitos gastronómicos más evidentes de Lima, decidió apostar por Monterrico, en Surco. Una elección poco convencional para un proyecto gastronómico de autor: barrio residencial, distante de las rutas habituales del turismo gastronómico.


Un restaurante que se convirtió en un secreto compartido
Visité Verbena allá por el 2023, Aunque, estrictamente hablando, el restaurante ya no existía como tal, pues la Municipalidad de Surco había clausurado el espacio. Recuerdo llegar y encontrar un enorme cartel de clausura. Cualquier persona habría asumido que todo había terminado, pero no.
Verbena seguía vivo, solo que ahora operaba casi bajo la lógica de un speakeasy. Únicamente por reserva, con extrema discreción y para muy pocos comensales cada noche. Más que un restaurante, parecía un secreto que se transmitía de boca en boca. Y quizá justamente esa condición hacía que la experiencia fuera todavía más especial.
Una vez dentro, el caos de la historia quedaba completamente afuera. Todo invitaba a quedarse. Iluminación tenue, vegetación que envolvía el ambiente, una cocina semiabierta donde cada plato llegaba acompañado de una explicación, y una atmósfera íntima donde era imposible no conversar con quienes compartían la mesa. Una mesa donde habían pequeños símbolos repartidos (un mono, un pato de hule, un rayo) que reforzaban esa sensación de estar entrando al universo personal de Goachet más que a un restaurante convencional.
Era acogedor, sí, pero también electrizante e inquieto. Había una sensación constante de estar presenciando algo que seguía construyéndose en tiempo real. Con el tiempo entendí por qué. En Verbena no parecen cocinar una tradición específica ni responder a una etiqueta gastronómica. Ellos mismos lo resumen mejor que nadie: «En Verbena cocinamos la Lima de hoy».



De una casa en Surco a un sótano en San Isidro
Entre 2024 y 2025, Verbena encontró un nuevo hogar en un discreto sótano de la avenida Conquistadores, en San Isidro. Lejos de las dificultades que marcaron su etapa anterior, el restaurante opera finalmente –y hasta hoy en día, con todos los permisos y licencias en regla.
El espacio es pequeño, casi escondido, como si todavía conservara algo de aquel espíritu clandestino que lo convirtió en uno de los secretos mejor guardados de Lima.
Aún no he tenido la oportunidad de conocer esta nueva etapa, pero si algo demuestra la inclusión de Verbena en 50 Best Discovery es que las buenas ideas terminan encontrando su lugar, incluso cuando el camino parece ir siempre en contra.
El camino hasta Verbena
En una ciudad donde muchas veces pareciera que el éxito depende de estar en la dirección correcta, Verbena demuestra lo contrario. Ha sobrevivido a una pandemia, mudanzas, cierres inesperados y cambios de formato sin renunciar nunca a su identidad. De hecho, a mi parecer, la cocina de Richi Goachet nunca ha parecido interesada en quedarse quieta. Lleva años mutando, afinándose y encontrando nuevas maneras de contar la ciudad en la que vive.
Quizá por eso su inclusión en 50 Best Discovery se siente tan merecida, no porque valide a Verbena (la personalidad siempre estuvo ahí), sino porque confirma algo que Lima lleva años aprendiendo: los proyectos más interesantes no siempre son los más visibles. A veces están escondidos detrás de una casa, un sótano o una puerta que pocos saben abrir. Y justamente ahí reside gran parte de su encanto. Porque, al final, las historias que realmente perduran rara vez empiezan donde todos están mirando.




