En Barranco existe un espacio queer que se convierte en refugio y laboratorio cultural. Sebastian Alanya conversa con Renzo Díaz, creador de Culpa, sobre lo que significa construir una propuesta auténtica para la vida nocturna en Lima.
Por Sebastian Alanya
La noche barranquina suele maquillarse de bohemia, pero hay un lugar que no busca encajar del todo. No es solo un bar, tampoco una discoteca. Es, más bien, una pausa dentro del ruido: un espacio donde la gente llega a ser vista, pero también a dejar de esconderse. Se llama Culpa.

En una ciudad donde esconderse todavía funciona como mecanismo de supervivencia, la culpa no es solo un sentimiento íntimo, es, en ocasiones, una herencia. Una que atraviesa cuerpos, historias y generaciones. “Estaba lidiando con mucha culpa”, cuenta Renzo Díaz, creador del espacio. Lo que empezó como algo personal pronto encontró eco. Porque la culpa, entendió, nunca había sido solo suya. La Culpa y el espacio nacen ahí, no como una respuesta, sino como una transformación. Una redención.
Hay entrevistas que se sienten como un trámite, el trabajo periodístico de investigar, escribir las preguntas, pensar en qué podemos hacer distinto a los demás es, a veces, muy tedioso, sobre todo cuando se acumulan los pendientes. Para mí, conversar con Renzo no fue nada tedioso, es, de alguna forma, volver a un momento muy específico de mi vida.

Antes de este espacio, Renzo ya había marcado la escena nocturna con Matadero, una de las fiestas queer más reconocidas de Lima y en las que más cómodo me sentí en mi juventud. Un espacio donde, por primera vez, la diversión no estaba atravesada por el juicio, sino por la posibilidad de, simplemente, ser. Entrevistar ahora a quien, sin saberlo, convirtió mis noches en lugares seguros, de autodescubrimiento y libertad, no es solo un ejercicio periodístico.
Culpa es un espacio distinto. Mientras la fiesta es efímera, una noche, un momento; Culpa propone algo más complejo, y a la vez, mucho más arriesgado: permanencia. Un lugar que existe todos los días. “No queríamos hacer algo que se repita”, dice Renzo.

Desde la iluminación cálida hasta las piezas de arte en las paredes, muchas de artistas queer locales, el espacio tiene una narrativa fluida. Cada elemento parece dialogar con el otro, como si el lugar estuviera en constante construcción y, las personas, sus obreros. “El alma de Culpa es la gente”, comenta.
Hay noches de fiesta, por supuesto que sí. Pero también hay cine, performance, karaokes, conversaciones largas, gente que llega temprano y se va, y otra que vuelve más tarde. En Culpa no existe una sola forma de habitar la noche. Ese fue, en realidad, uno de los giros más importantes del proyecto. La decisión de llamarlo “espacio” como una forma de abrir el espectro, de no limitarlo a lo nocturno ni a lo festivo. Permitir que convivan distintos ritmos, distintas edades, distintas formas de presencia. En una ciudad donde la oferta suele fragmentarse, o volverse predecible, esa flexibilidad se vuelve casi radical.

No es secreto que en el Perú lo que es “diverso” todavía negocia su lugar en lo público, es por eso que abrir un espacio queer permanente no es una decisión fácil y menos neutral. Aunque Renzo no lo defina como un manifiesto, hay algo inevitablemente político en la propuesta. “No sé si es una crítica social”, dice. “Pero sí es intentar ser contemporáneos en un país súper conservador”. El espacio no busca confrontar de forma directa, pero tampoco se esconde. En lugar de eso, hace algo mucho más incómodo para el sistema, permanecer. En la cultura peruana lo queer ha sido históricamente empujado a lo clandestino o lo eventual, sostener un espacio visible, abierto y constante es, en sí mismo, una forma de resistencia. Una que no depende de junio, ni de una campaña, ni de una tendencia.
En tiempos donde la diversidad también puede volverse consumo, la línea entre representación y estética es cada vez más difusa. Renzo lo sabe. Y no intenta negar del todo esa tensión. “No podría decir que no hay estetización”, admite. Pero hace una distinción clave: la diferencia está en quiénes habitan el espacio. El cuidado no es solo hacia el público, sino entre quienes lo construyen. Hay una especie de código compartido, una vigilancia mutua. “Nos cuidamos entre todos”, dice. Ese cuidado, más que cualquier discurso o lo que Renzo pueda o no decir, es lo que sostiene la autenticidad. No se trata solo de cómo se ve un lugar,sino de cómo se vive.
La elección de Barranco como ubicación para Culpa no fue casualidad ni el resultado de un plan estricto, sino más bien una mezcla de coincidencia e intuición. Históricamente, Barranco ha funcionado como un núcleo para lo alternativo y lo artístico, atrayendo a quienes buscan desafiar la norma. Sin embargo, este distrito se encuentra actualmente en un debate constante: es un espacio dividido entre lo independiente y lo comercial, lo local y lo global. En medio de este dinamismo, Culpa se posiciona para llenar un vacío queer dentro de una escena de vida nocturna que sigue siendo heteronormativa.
La historia de Renzo también atraviesa el espacio. Una infancia marcada por religión, preguntas sobre identidad, procesos personales, terapia, cambios. Incluso una relación distinta con la noche y el consumo. “Estoy lleno de contradicciones”, dice. Y tal vez por eso Culpa funciona. Porque no intenta resolverlas, simplemente las contiene. En un mismo lugar conviven la fiesta y la introspección, la libertad y la historia, el deseo de pertenecer pero también la constante necesidad de cambiarlo todo.
Culpa me hace pensar en ese yo interior mucho más joven, en mi construcción de identidad y en la necesidad de no solo encontrar espacios que me ofrezcan refugio sino también posibilidades, de estar, de existir sin miedo, de quedarme a disfrutar. Y tal vez Culpa no existe solo para celebrar lo que somos, sino para recordarnos por qué durante tanto tiempo no pudimos serlo del todo. Y en esa tensión, entre la herida y la fiesta que conocemos todos los que somos parte de minorías, entre la memoria y el presente, este espacio encuentra su verdadero sentido. Porque si algo queda claro, es que la culpa no desaparece. Se transforma.




