Cada año, Colombiamoda se convierte en escenario de moda, negocios y una inevitable conversación sobre quién entra, quién queda fuera y quién ocupa el front row. Pero ¿qué queda de la feria cuando dejamos de mirar solamente lo que ocurre en redes?
por Itzari Briceño
Cada mes de julio, las redes sociales ponen el foco sobre Colombiamoda: los desfiles, el styling, las marcas, los invitados y, también, las conversaciones alrededor del acceso a determinadas actividades. Como ocurre con muchos eventos de moda, parte de la discusión termina girando alrededor de quién estuvo, quién consiguió una invitación y quién ocupó un lugar en primera fila, lo que deriva en la inevitable aparición de críticas sobre la exclusividad y una dinámica que, para algunos, puede sentirse más enfocada en la validación y la apariencia que en la propia feria.
Sin embargo, quedarse en esa superficie es pecar de miopía cultural y económica. Este fue mi segundo año en Colombiamoda, pero desde dos lugares muy distintos: la primera vez como visitante y, esta vez, acompañando a un equipo expositor. Ese contraste me permitió entender que la feria es mucho más grande y compleja de lo que alcanzan a mostrar las conversaciones de redes sociales. Detrás de esa superficie mediática hay una historia industrial, una operación comercial y décadas de trabajo alrededor de la moda.
En Medellín, la moda no es una tendencia reciente: es parte de una historia textil que lleva más de un siglo gestándose. Una vez, mientras me dirigía a Plaza Mayor, un taxista me señaló la silueta de la Torre Coltejer y me recordó que su cúspide emula el ojo de una aguja de coser; ese detalle parece anecdótico, pero resume bastante bien a una ciudad cuya identidad económica estuvo profundamente ligada a la industria textil, con empresas que ayudaron a construir esa cultura alrededor de la confección y el diseño.
El debate en redes
Como ha venido ocurriendo en los últimos dos o tres años, Colombiamoda también estuvo acompañada por debates sobre exclusividad, validación digital y acceso a determinados espacios. Son conversaciones legítimas y necesarias, pero que a menudo terminan eclipsando una realidad más amplia: la feria existe, ante todo, como una plataforma para conectar marcas, compradores, medios y profesionales de la industria.
Creadores de contenido como Isabella Londoño manifestaron que las dinámicas de la feria se han visto permeado por actitudes elitistas donde la visibilidad se reduce a una “competencia de egos” basada en métricas digitales; otros, como Agustín Ríos, cuestionaron la reiteración de ciertas marcas en pasarela; y modelos como Sofía Ossa documentaron el desgaste físico de audiciones maratónicas y largas esperas en tacones. Paralelamente, figuras como Luisa Fernanda W y Laura Barjum recordaron que la feria es, ante todo, un escenario de negocios y relacionamiento, e invitaron a los asistentes a no acudir buscando validación ajena ni tomarse las dinámicas de acceso de manera personal.
Comprendo de dónde nacen muchas de esas percepciones porque tuve la oportunidad de asistir a Colombiamoda en dos ocasiones muy distintas. La primera vez llegué como una visitante más, sin invitaciones especiales ni contactos de PR que me echaran una mano con las entradas a los desfiles, pero descubrí algo que rara vez aparece en la conversación digital: si lo que una persona busca es ver moda, conocer diseñadores y vivir la feria, existen más posibilidades de acceso de las que suele creerse. No todos los desfiles están abiertos al público, por supuesto, pero tampoco todos son tan inaccesibles como muchas veces se piensa.
Decir que la feria es un recinto cerrado e inaccesible al 100% tampoco se ajusta a la realidad, o al menos a lo que he vivido. Quienes hemos estado allí sabemos que el Gran Salón de pasarelas cuenta con un aforo considerable, de aproximadamente 900 asientos. Cuando los invitados prioritarios no completan la capacidad minutos antes de iniciar el espectáculo, el personal logístico suele abrir las puertas al público y a los entusiastas que esperan en el exterior. Es cierto: a ese público no le corresponderán las bolsas de regalos de cortesía ni ocupará los puestos del front row, pero tendrá la posibilidad tangible de apreciar la colección, valorar el trabajo creativo y vivir de cerca el diseño.
La perspectiva de una marca
Pero, ¿qué pasa cuando se mira Colombiamoda desde la perspectiva de una marca? Este año regresé a la feria acompañando a una marca expositora que, además, presentaba su colección en la pasarela oficial, y desde ese lado la perspectiva cambia completamente.
Presentar una colección implica una inversión importante en producción, modelos, estilismo, montaje y comunicación. En ese contexto, es natural que las marcas administren estratégicamente sus invitaciones y prioricen a compradores, prensa especializada, clientes, aliados y perfiles capaces de amplificar el alcance de la colección. Al final, cada asiento responde también a una decisión de negocio.
Lo mismo ocurre con la presencia de creadores de contenido. Su participación no responde únicamente a la visibilidad individual, sino que forma parte de una estrategia de comunicación que ayuda a proyectar Colombiamoda y Medellín hacia nuevas audiencias.
El rol de los influencers
Creo que, desde fuera de Colombia, es innegable el reciente atractivo que Medellín ha construido alrededor de julio, y negar que los influencers también han jugado un papel clave en esto sería caer en una mentira. Su llegada no responde únicamente a una cuestión de superficialidad: ha sido una palanca importante para posicionar a Medellín durante estas fechas como un destino internacional de deseo, atrayendo miradas de audiencias globales que, de otra manera, difícilmente habrían tenido contacto con la industria textil y de moda colombiana.
Y este año hubo, además, un detalle que me pareció interesante. Si bien Colombiamoda lleva ya un par de años ampliándose más allá de Plaza Mayor y convirtiendo distintos puntos de la ciudad en escenarios para la moda, este año el cierre de la feria coincidió prácticamente con el inicio de la conocida Feria de las Flores. Desde fuera de Colombia, es difícil no leerlo también como una oportunidad para extender el movimiento de visitantes que llega a Medellín en esas fechas y seguir incentivando el turismo durante los últimos días de julio y los primeros de agosto. Al final, la moda también puede convertirse en una puerta de entrada para descubrir una ciudad.
Si bien es deseable que florezcan más circuitos satélites y eventos alternos para democratizar aún más el acceso, la visibilidad comercial masiva es una herramienta indispensable dentro del negocio de la moda contemporánea.
La cara económica de Colombiamoda
Hay otra dimensión de Colombiamoda que difícilmente aparece en las conversaciones de redes: el impacto que tiene sobre Medellín. La feria dejó de ser hace tiempo un evento concentrado únicamente en Plaza Mayor y se convirtió en un circuito que moviliza hoteles, restaurantes, transporte, comercio y otros sectores de la ciudad. En 2026, la edición 37 reunió a más de 600 marcas, 17,000 compradores especializados (4,000 de ellos internacionales y más de 70,000 asistentes provenientes de 50 países). Son cifras que permiten entender que detrás de una semana de desfiles y eventos existe también una operación económica de una escala considerable.
Por supuesto, todavía hay espacio para hacer más. La concentración de los desfiles principales en Plaza Mayor y el carácter privado de algunas actividades siguen abriendo una conversación válida sobre cómo acercar todavía más la moda a quienes viven la ciudad. Pero justamente ahí creo que está el punto: el progreso no tiene por qué ser perfecto para ser progreso. Colombiamoda lleva décadas transformándose, ampliando su programación y ocupando nuevos espacios de Medellín. El Circuito de Ciudad es una muestra de ello.
Lo que queda cuando baja el ruido
Cuando las luces de Plaza Mayor finalmente se apagan y las controversias de las redes sociales quedan desplazadas por el siguiente trend viral, lo que permanece está en otro lugar: en el taller de confección que asegura empleo para decenas de familias; en el diseñador emergente que aprendió a estructurar sus costos; en el comprador internacional que descubrió el diseño latinoamericano; y en la certeza de que nuestra región no necesita imitar moldes ajenos para competir en el escenario global.
Las discusiones sobre acceso, exclusividad, egos y validación digital pueden ser necesarias. Incluso pueden ayudar a identificar qué cosas todavía pueden mejorar, pero reducir Colombiamoda a ellas sería quedarse con la parte más visible de una plataforma que tiene una historia y una función mucho más amplias.




