Hablemos nuevamente de la bolsa de mercado

La icónica bolsa de rafia nunca fue solo una bolsa. Es un objeto atravesado por migración, trabajo y economía popular, presente en el imaginario latinoamericano.

Por Valeria Mesia

Hoy, mientras la industria reinterpreta la bolsa de rafia, también se hace visible una tensión incómoda entre visibilidad y apropiación. ¿Qué implica convertir en lujo, moda o tendencia aquello que históricamente ha sido necesidad, y quién tiene el derecho de contar esa historia? Conversamos con algunos diseñadores peruanos involucrados en su uso, para tratar de responder estas preguntas.

Antes de escribir sobre las bolsas de mercado, intenté recordar el momento exacto en que las vi por primera vez. Terminé encontrándome con muchos recuerdos sueltos del lugar en que crecí: la idea de que algo siempre estuvo presente sin ser realmente visto. Esa misma sensación aparece en cómo algunos diseñadores recuerdan su relación con este objeto. Para la diseñadora peruana Annaiss Yucra, quien ha trabajado dicho patrón desde la migración y el movimiento, nunca fue algo excepcional, sino parte del paisaje cotidiano: «La he visto con mi abuela llevando cosas a la artesanía, en las compras del mercado de Magdalena y, para esta colección, la empecé a mirar mucho en los aeropuertos. Siempre estuvo ahí cumpliendo su función.»

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Diversos diseñadores latinoamericanos han utilizado el print de estas bolsas en sus colecciones. Pero en ese gesto de volver a mirar lo cotidiano, también aparece una pregunta que la moda no siempre quiere hacerse: ¿qué ocurre cuando un objeto profundamente ligado a economías populares es recontextualizado como una pieza de diseño? Es una pregunta que resurge en el discurso digital cada vez que alguien toma inspiración de este objeto, y es precisamente en esa tensión donde la bolsa de mercado revela su verdadera carga simbólica. Presente en mercados y ferias a lo largo de la región, no es solo un elemento estético sino un símbolo de trabajo, movilidad y vida diaria. Quitarle ese contexto para convertirla en objeto de deseo puede rozar lo apropiativo si no se reconoce el valor cultural y material que encarna. Más que exotizarla, el reto está en entenderla, respetarla y visibilizar las realidades que representa, sin romantizarlas ni instrumentalizarlas.

¿A quién le pertenece, entonces, algo que existe en tantos lugares al mismo tiempo? Pensando en el tartan escocés (un print que terminó representando territorio, pertenencia e historia no por ser exclusivo sino por ser compartido) la pregunta inevitable es si este patrón, global en origen pero profundamente latino en uso, podría recorrer un camino similar.

Para entender qué está pasando con él hoy, y hacia dónde podría evolucionar, habría que mirarlo desde quienes lo han vivido, usado y resignificado mucho antes de que se volviera visible para la industria.

La rafia siempre significó carga, mucho antes de ser tendencia. Literalmente. Sirvió para llevar peso, resistir, acompañar trayectos. No había intención estética, solo uso. Y quizás ahí esté una de las claves de su potencia actual. Annaiss recuerda haberla usado incluso cuando estudiaba moda: «eran enormes, cómodas, prácticas. Podías llevar mucho peso sin generar un gran gasto».

La diseñadora peruana nos comparte incluso que uno de los looks de su colección Castiza, en la que reinterpreta el patrón, será parte de la exhibición de una de las instituciones más relevantes de diseño a nivel global, dentro de su departamento de Textiles y Moda. «La vi tanto que sentí que tenía que ser parte de la historia que quería contar», dice, vinculando el material directamente a su experiencia migratoria, y no desde lo individual sino desde algo más colectivo: «Muchas personas conectan con la rafia desde el mercado, desde lo doméstico, desde la migración».

En el trabajo de Meche Correa y su hija Ali, ambas diseñadoras peruanas, la rafia tampoco es una novedad. Meche la ha usado durante años: bolsos, monederos, sombreros. Siempre fue resistente, práctica y cotidiana. Cuando Ali empezó a trabajarla desde otro lugar, sin embargo, hubo discusión. Literalmente. «Tuvimos una pelea», recuerda Meche. «Pero cuando vi las piezas terminadas, entendí que había algo muy potente ahí». La reacción pública fue otra historia.

Para Ali, el proceso fue emocionalmente duro. Sentía que la gente pensaba que se estaba aprovechando, que no entendía el contexto, que no tenía derecho. El debate sobre el precio dejó ver algo más profundo: el rechazo a que lo popular cambie de lugar, a que deje de ser solo funcional y empiece a significar otra cosa fuera de su contexto. Meche es tajante: «el valor no está en lo que cuesta el material». Puedes hacer arte con un pedazo de papel. El valor está en el proceso, en el tiempo, en el trabajo, en las personas involucradas. Ali lo refuerza: no era simplemente «agarrar una bolsa». Cada pieza tenía estructura, forma, una decisión conceptual clara.

Ambas cierran la conversación señalando que lo importante no está en quién usa el objeto, sino en desde dónde se usa. «Esto no es una moda pasajera», dice Meche. «Es una forma de trabajar y de mirar lo nuestro con seriedad».

Que varias marcas hayan decidido reinterpretar este patrón hoy, no parece casual, demostrando que dichos elementos pueden habitar el espacio del diseño dependiendo de cómo se proponga.

Gran parte de ese desplazamiento tiene que ver con la legitimación externa. Cuando europeos o estadounidenses empiezan a usar la bolsa sin prejuicio, algo se habilita: de pronto decimos ‘ah, esto puede ser cool’. Incómodo, pero muy real.

Porque si su ingreso al sistema de la moda puede leerse como visibilización, también puede convertirse en un gesto vacío si se limita a lo estético. La rafia no es solo una ‘inspiración’, es una realidad material que sigue existiendo fuera del circuito de lujo. Cuando se desconecta el objeto de las personas que lo usan diariamente, el riesgo no es solo la apropiación, sino la construcción de una narrativa que borra aquello que le dio sentido en primer lugar.

No es un símbolo cerrado ni definitivo. Está en proceso. Empieza a jerarquizarse visualmente, a pensarse como indumentaria, a combinarse. Annaiss lo resume bien: «cada persona lo abraza desde sus vivencias». Una madre, un migrante, alguien que trabaja en exportaciones, alguien que va a Gamarra, un viajero. Todas esas historias conviven ahí.

Los símbolos no se construyen de un día para otro. Como dice Meche, se forman con el tiempo, con la repetición, con la memoria. Y como agrega Ali, si la rafia llega a convertirse en un código, dependerá de cuántas personas la sigan trabajando desde lugares honestos y miradas distintas.

Y si es así, estaremos en primera fila para verlo.

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