La mesa crece y la lista de ingredientes también. Una noche en Amarena Café

Los mejores platos no siempre son los más complejos. Cayetano García visita Amarena Café para conocer su nueva carta y descubre que, a veces, los sabores más memorables son aquellos que ya forman parte de nuestra historia.

Por Cayetano García

Hace un buen tiempo que no salía a comer de noche. Cortar la semana con una cena entre foodies en Amarena fue un recargo de energía reconfortante y estimulante para los sentidos. Hay una diferencia entre salir a comer y sentarse realmente en una de las mesas más frescas que ofrece la noche miraflorina.

Me invitaron a degustar los nuevos platos de la carta de Amarena Café. La experiencia llevaba un nombre sencillo: La Mesa Crece. Sin embargo, a diferencia de otras experiencias similares, la mesa tuvo el tamaño perfecto. Fue un espacio verdaderamente íntimo, lo que me permitió conocer a los demás invitados y a dos de su tres co-fundadoras: Camila y Laura, ambas chefs listas para celebrar los nuevos sabores del menú.

Durante las horas que pasé en el segundo piso del restaurante en la Avenida Bolognesi, entendí que el concepto iba mucho más allá de sumar algunos platos nuevos. Había una suerte de disonancia sensorial en los primeros bocados: un sentimiento de familiaridad y confort que contrastaba con mi ilusión de probar algo completamente nuevo. Novedad vs. familiaridad… interesante.


Antes de que llegara el primer plato apareció un cóctel de Sinsonte para Majo, quien se sentó frente a mí. Perfumado, ligeramente dulce, con ese amargor elegante que uno espera de un buen martini, pero llevado hacia un lugar lleno de amabilidad. Muy similar a la lista de adjetivos que usaría con ella. «Curioso», pensé.

Para mí llegó una soda de lulo. Y ahí empezó el primer recuerdo. No tomaba lulo desde hacía siete años —sí, los conté—, pero esta fruta tiene una capacidad extraña de transportarme. Me hizo pensar en las tardes después del colegio, entrando a casas de amigos donde siempre aparecía alguna fruta distinta sobre la mesa. Un jugo de carambola, por ejemplo. O en el viaje con mi familia a Cartagena, donde tomamos jugo de lulo a diario frente al mar. Hay ingredientes que uno no olvida porque forman parte de una memoria compartida más que de una receta.

Creo que ahí está el corazón de esta nueva carta. No busca sorprender con ingredientes imposibles. Hace exactamente lo contrario: toma ingredientes que conocemos de toda la vida y los vuelve a mirar con otros ojos. Sostenidos por lo casero, pero elevados por años de trabajo y perfeccionados por las tres genias detrás de Amarena.


La tortilla de papas con ocas resume perfectamente esa idea. La tortilla sigue siendo esa comida reconfortante que todos entendemos desde el primer bocado, pero la oca introduce una dulzura sutil que cambia completamente la conversación sin romper la esencia del plato. Trae un ítem de la gastronomía española a nuestro territorio con un ingrediente que ha estado presente en la mesa peruana de toda la vida. 

Lo mismo ocurre con la crema de coliflor. A primera vista engaña: casi parece un hummus, pero el coliflor aporta un amargor delicado que encuentra el equilibrio perfecto con las zanahorias braseadas y la salsa de miso. Un plato construido sobre contrastes simples, pero tremendamente efectivos. Uno de los invitados mencionó cómo en el Perú el consumo de verduras en restaurantes es poco popular, lo que me invitó a releer el menú y notar que los vegetales estaban muy presentes, bajo un manto de protagonismo sorpresa.

La frescura de una ensalada de pepino dio paso a lo que, creo, fue la estrella de la noche: el curry. Otro plato reconocible que le dio un abrazo enorme a mis sentidos. No fue el más complejo de la noche, ni quería serlo. El pollo perfectamente cocinado, bañado en una salsa verde sabrosa, junto al arroz blanco más reconfortante que he probado en un restaurante en años, se llevó toda la atención.

Quizá esa sea la mejor forma de describir esta nueva etapa de Amarena: un abrazo.

No se equivoquen, hay mucha creatividad en este nuevo menú, pero nunca a costa de la cercanía. Cada plato está pensado con inteligencia, enalteciendo el producto y aprovechando lo familiar para construir algo inesperado sin perder ese carácter casero que siempre ha definido al lugar. No es una innovación extravagante, sino una que parte desde la observación de lo que ofrece el Perú y de la experiencia de su consumidor.

Quizás por eso el concepto de La Mesa Crece termina teniendo más sentido del que parece. Con estos nuevos platos, Amarena hace espacio para compartir en el centro de la mesa y descubrir juntos ingredientes desde otra perspectiva.

Curiosamente, esa misma semana Amarena también impulsó una iniciativa solidaria para apoyar a familias afectadas en Venezuela. Me gustó pensar que no era una simple coincidencia. Si la mesa crece, también crece la posibilidad de compartir con quienes hoy más lo necesitan. Crecer también implica compartir más.

Más que una ampliación de carta, esta propuesta marca un diferencial para Amarena. La apuesta por ingredientes familiares, reinterpretados con técnica y creatividad, confirma que el restaurante entiende que crecer no significa hacer más, sino hacer mejor.

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