Hay libros que terminan cuando cerramos la última página. Los de Agustina Bazterrica empiezan a perseguirnos después.
Por Sebastian Alanya
La autora argentina se convirtió en una de las voces más importantes de la literatura latinoamericana contemporánea con Cadáver exquisito (Tender is the Flesh), una novela traducida a más de treinta idiomas que imagina una sociedad donde el canibalismo deja de ser tabú para convertirse en una industria. Pero el verdadero horror de la historia no está en lo que muestra, sino en lo que revela sobre nosotros: la facilidad con la que los seres humanos podemos acostumbrarnos a lo impensable cuando este se vuelve sistema.
Cadáver exquisito es apenas una puerta de entrada a su universo aclamado por publicaciones como el New York Times. En su libro de cuentos Diecinueve garras y un pájaro oscuro (2020), explora los miedos cotidianos, las relaciones de poder y las grietas de la condición humana a través de relatos donde lo perturbador surge de lo aparentemente común. Más recientemente, en Las indignas (2023), construye una distopía ambientada en una comunidad religiosa aislada donde el fanatismo, el control sobre los cuerpos y la obediencia absoluta vuelven a poner en escena una pregunta que atraviesa toda su obra: ¿qué estamos dejando de ver porque nos hemos acostumbrado a mirar hacia otro lado?

Invitada por la Cámara Peruana del Libro y Penguin Random House para participar en la 30.ª Feria Internacional del Libro de Lima, Bazterrica llegó al Perú para presentar su obra y conversar con cientos de lectores. Su presencia ocupó uno de los escenarios principales de la Feria y generó gran expectativa.
«Disculpa por robarte un poco más de tu tiempo.» Fue lo primero que le dije cuando nos encontramos en el lobby de un hotel contiguo al recinto ferial.
Bazterrica sonrió con un cansancio que no intentaba ocultar.
—No te preocupes —me respondió—. Me arreglé para la entrevista.
Menos de veinticuatro horas antes, más de doscientas cincuenta personas la habían escuchado conversar con Raúl Tola en un silencio casi absoluto. Ahora el único espacio disponible era un sofá junto a un casino: tragamonedas de fondo, maletas arrastrándose, puertas automáticas sin descanso. Ella respiró hondo, miró alrededor y dijo, casi para sí misma: «Bueno… aquí será.»
Le expliqué que no quería recorrer el camino habitual de Cadáver exquisito (esa conversación ya existía en decenas de entrevistas), sino entender cómo piensa, de dónde salen sus ideas. La primera respuesta no fue sobre sus novelas. Fue sobre los libros.
«Cada libro es un pequeño universo… porque es el universo de la persona que lo escribió. Entonces es una mirada particular del mundo. Y por eso, para mí, es tan importante leer, porque estoy dialogando… con gente que por ahí vivió hace doscientos años o con alguien que vive una realidad completamente diferente a la mía.»
Le conté que, mientras leía Cadáver exquisito y algunos relatos de Diecinueve garras y un pájaro oscuro, me había descubierto pensando en gestos cotidianos que antes nunca había cuestionado. Comer carne, repetir ciertos hábitos o aceptar determinadas prácticas como inevitables habían adquirido otro significado después de la lectura. Quise saber si a ella le ocurría algo parecido. Si había cosas que, después de escribirlas, ya no podía mirar con la misma inocencia.
No necesitó pensar demasiado.
«… hay cosas que todavía no soy consciente de que naturalizamos y que, si te las ponés a analizar, son horrorosas.»
Puso un ejemplo: la violencia estética. El uso de medicamentos como Ozempic con fines exclusivamente estéticos. Más que el medicamento en sí, le preocupaba la facilidad con la que una sociedad puede convertir una práctica riesgosa en algo deseable cuando responde a un determinado ideal de belleza.
«Me parece horroroso exigir, sobre todo a las mujeres, que sean eternamente flacas, eternamente jóvenes y eternamente hegemónicas. Ahora está de moda una extrema delgadez y la gente pone en riesgo su salud solo por responder a ese ideal.»
Esa misma lógica atraviesa todas sus obras. En ellas el horror no aparece de golpe. Se instala lentamente. Empieza siendo una excepción y termina convertido en costumbre. Quizá esa sea una de las preguntas que sostiene su literatura: ¿en qué momento dejamos de sorprendernos frente a aquello que nunca debió parecernos normal? Sobre todo en un mundo acaparado por las redes sociales. «Están naturalizando la crueldad, polarizando a las poblaciones con las redes sociales y generando odio, miedo e ignorancia. Cada vez es más difícil sostener un diálogo.»
Frente a un presente que premia las certezas rápidas y las posiciones irreconciliables, Bazterrica entiende la literatura como el último territorio donde todavía es posible dudar. Sus libros no buscan convencer. Invitan al lector a participar, a completar los silencios, a habitar las contradicciones y a aceptar que algunas de las preguntas más importantes quizá nunca tengan una respuesta definitiva.
«No quiero conquistar la mente de los lectores. La literatura no tiene que darte respuestas. Al contrario, tiene que abrir preguntas, generar ambigüedad, paradojas. Cuando un libro queda completamente cerrado, deja poco espacio para el lector.»
Le comenté que, al preparar la entrevista, había encontrado una idea que se repetía entre quienes la leían: la incomodidad. Sus libros perturbaban, sí, pero sobre todo obligaban a seguir pensando mucho después de haber cerrado la última página. Le pregunté si buscaba ese efecto de forma premeditada.
«Yo no pienso en los lectores cuando escribo.»
Enseguida desarrolló la idea: escribir pendiente de la reacción del público terminaría condicionando el proceso creativo. Lo único que intenta hacer es ser fiel a la historia que tiene delante y a las preguntas que la impulsan. Después, el libro deja de ser suyo. La conversación continúa entre el texto y quien lo lee.
Luego, le pregunte si es que ella aún creía en la humanidad. Las novelas de Agustina están pobladas por sistemas que normalizan la violencia, personajes capaces de adaptarse a lo impensable y sociedades donde la crueldad termina pareciendo una forma más de organización. Su respuesta llegó sin titubeos.
«Siempre voy a creer en la humanidad hasta el último segundo, por más que estemos en medio del apocalipsis.»
Explicó que solemos prestar atención a las grandes tragedias porque son las que ocupan las noticias, pero que existe otra humanidad mucho más silenciosa que rara vez recibe el mismo espacio: personas que cuidan, que enseñan, que ayudan sin esperar nada a cambio, que sostienen a otros incluso cuando nadie las mira. Esa también es la condición humana. Tan real como la violencia. Tan cotidiana como el miedo.
«No creo que la historia vaya en una flecha directa hacia el beneficio y los derechos humanos totales. La historia es pendular. Hay que seguir pensando, dialogando, leyendo, luchando y hablando.»
Mientras la escuchaba, entendí que había cometido un error: confundí oscuridad con pesimismo. Y no son lo mismo. La oscuridad de sus novelas no nace de la certeza de que todo está perdido. Nace de la necesidad de preguntarse cómo llegamos hasta allí y si todavía somos capaces de elegir otro camino.
Le pregunté cuánto de Agustina Bazterrica vivía realmente dentro de sus libros.
«Todo parte de mí. Pero también está filtrado por la imaginación, por las lecturas que tengo encima y por historias que escucho. Es muy complejo distinguir dónde termina una cosa y empieza la otra.»
A pesar de ser muy distintas, las obras de Agustina poseen una misma pregunta latiendo debajo de ellas: ¿cómo seguimos siendo humanos cuando el mundo insiste en enseñarnos lo contrario? Le propuse imaginar un escenario imposible. Si mañana perdieras la posibilidad de publicar para siempre, ¿seguirías escribiendo?
«Sí. Escribiría para mí. Si no escribo, me muero.»
La entrevista ya estaba llegando a su fin y apagué la cámara. Saqué de mi mochila una pequeña caja de chocolates de La Ibérica rellenos de pisco. La tarde anterior, mientras conversaba con Raúl Tola, Bazterrica había contado que le gustaba el pisco peruano. Pensé que sería un bonito detalle despedirla con un regalo que uniera ambas cosas.
Sonrió. La sorpresa pareció vencer por un instante al cansancio. Después tomó mis libros, los abrió con calma y escribió las dedicatorias. Ya no hablábamos de literatura para una entrevista. Hablábamos como dos personas que seguían intercambiando historias después de que el trabajo había terminado.
Llegué a esa entrevista convencido de que iba a conocer a la autora de Cadáver exquisito. Me fui pensando en la mujer que, incluso después de una jornada agotadora, todavía encontraba tiempo para escribir una dedicatoria con calma, agradecer un regalo inesperado y regalar una conversación más cuando la cámara ya estaba apagada.
La tarde anterior, más de doscientas cincuenta personas habían aplaudido a Agustina Bazterrica desde un auditorio. Yo tuve la suerte de conocerla cuando el aplauso ya había terminado.




